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mayo 28th 2024, martes
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España es un país de contrastes, paisajísticos y climáticos. Estos contrastes han diversificado el cultivo de la vid en todo el territorio, dando a los vinos unas características especiales vinculadas al territorio de origen. Pero existe un patrón general en cuanto a clima y suelo para este tipo de cultivo.

El cultivo de la vid se da mucho mejor en un clima templado, es decir, de escasa o media nubosidad, más bien seco, de verano largo y de invierno no excesivamente riguroso. Pero la vid es capaz de vegetar bien y dar buenos frutos tanto en climas de tipo mediterráneo como en climas de verano corto e invierno largo y riguroso.

La vid es un arbusto constituido por raíces, tronco, sarmientos, hojas, flores y fruto. Ya se sabe que a través de las raíces se sustenta la planta, mediante la absorción de la humedad y las sales minerales necesarias, y que el tronco y los sarmientos son meros vehículos de transmisión por los que circula el agua con los componentes minerales. La hoja con sus múltiples funciones es el órgano más importante de la vid. Las hojas son las encargadas de transformar la sabia bruta en elaborada, son las ejecutoras de las funciones vitales de la planta: transpiración, respiración y fotosíntesis. Es en ellas dónde, a partir del oxígeno y el agua, se forman las moléculas de los ácidos, azúcares, etc. que se van a acumular en el grano de la uva, condicionando su sabor.

En el mes de marzo, cuando el calor comienza a hacerse notar, la savia se pone en movimiento y se produce el denominado “lloro” de la vid que se expresa a través del fruto. El fruto surge muy verde, pues está saturado de clorofila, y a partir de aquí toda la planta empieza a ejercer servidumbre a favor del fruto que poco a poco irá creciendo. La uva verde, sin madurar, contiene una gran carga de ácidos tartáricos, málicos y, en menor medida, cítricos. El contenido de estas sustancias dependerá del tipo de variedad de la que procede. Así como de las condiciones geoclimáticas.